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De fundadores de OpenAI a enemigos en juicio

Elon Musk y Sam Altman coincidieron hace más de una década por su interés común en la inteligencia artificial.

De esa visión nació OpenAI, concebida en 2015 como una organización sin fines de lucro enfocada en el desarrollo responsable de la IA.


Sin embargo, las diferencias sobre el rumbo y el modelo de negocio terminaron por fracturar la relación, que ahora se dirime en tribunales.


El primer acercamiento entre ambos se remonta a 2012, impulsado por el inversionista Geoff Ralston.


Altman, casi 14 años menor que Musk, quedó impresionado por su capacidad de persuasión. Coincidían en una preocupación: el avance acelerado de empresas como Google y su filial DeepMind en el desarrollo de sistemas cada vez más potentes.


Antes de fundar OpenAI, Altman advertía en su blog sobre la necesidad de “limitar la amenaza” de la IA.


En 2018, Musk dejó el consejo de OpenAI en medio de tensiones internas por la propuesta de convertir la organización en una entidad con fines de lucro para atraer capital. La transformación se concretó en 2025, tras el auge global de ChatGPT.


Paradójicamente, Musk —quien había advertido que la IA era una “amenaza existencial”— lanzó en 2023 su propia startup, xAI, y su chatbot Grok, con un enfoque menos centrado en los riesgos de la tecnología.


La rivalidad escaló en redes sociales, donde Musk ha atacado públicamente a Altman, incluso comparándolo con personajes manipuladores de Game of Thrones.


El magnate presentó una demanda para destituirlo como director ejecutivo de OpenAI, y la selección del jurado comenzará la próxima semana.


Para analistas como Darryl Cunningham, la disputa refleja algo más profundo: la convicción de que quien controle la IA más poderosa tendrá una influencia sin precedentes en el futuro tecnológico.

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